Cananea
Desde antes de entrar se escuchan los Cadetes de Linares cantar Florita del Alma a través de la rocola que es un emblema en sí mismo del lugar. Al entrar, el Cananea me recibe con su excelente servicio, su aún mejor comida– tres taquitos de birria tijuanense acompañados de su respectivo consomé, un plato de aceitunas variadas (verdes y kalamata), y unas papas de cortesía– su barra principal (única por ser curva), y el folklore que habita este lugar:
En su primer piso, el Cananea tiene un montón de artilugios y remembranzas del norte de México. Tantos, que te aseguro vas a notar uno nuevo cada vez que vayas. Desde un Juanga pegado a un par de nopales (o algo así), la contraseña del wifi que hace honor a Chalino, y dos pantallas pequeñas que todo el tiempo están pasando alguna película de la época de oro del cine mexicano; esta vez, una del Santo. El ojo se pierde ante lo que parece ser una infinidad de props. Lo último que noto es una foto de un jugador de fútbol americano que lleva el número 14, pidiendo que dejes propina. Pregunto quién es, pensando que tal vez es algún mexicano que llegó a jugar en la NFL, pero mi amigo el mesero tampoco lo sabe. Solo sé que no es Raul Allegre.
Al subir las escaleras te recibe de frente una barra hechiza (pero no por ello de menor calidad). Los tragos allí son tan buenos como los de abajo y como el ambiente que se respira. Antes de ingresar al siguiente cuarto, una pizarra te avisa el lineup de DJ ‘s a considerar para la semana, así como la promo del día. Después, un golpe frío en la espalda te da la bienvenida al siguiente cuarto, proveniente de un minisplit que bufa aire congelado para mantener aquel gran cuarto fresco, puesto que con la cantidad de gente que se reúne ahí dentro durante el fin de semana, es más que necesario. Allí, encerrada por una L de mesas y un barullo de pláticas, chismes y ligue en diferentes idiomas, se encuentra el lugar en donde personas de todas partes del mundo disponen partidas de billar sobre el famoso paño rojo. La pizarra y los gises – que siempre está a punto de acabarse – invitan a cada persona que llega a anotarse para participar en aquella diversión comunal. Aquí, en lo que a mí me concierne, nadie pierde. Yo, que en general soy una persona que no se sale de convencional, recomiendo ganar una mesa al fondo del primer piso, pedir un Old Fashioned (hecho con Maker’s Mark, claro) y disfrutar del lugar en todo sentido: absorbiendo la energía, recordando lo que es ser norteño, echando una buena plática con los amigos, y, si hay chance, disputando una o dos partidas de billar con personas que no vas a volver a ver en tu vida.
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¡Muchas gracias!

















Me recordó un viejo restaurante de mi país que ya cerró sus puertas… hay lugares que siempre te invitan a volver.